No toda la grasa que importa se ve en el abdomen ni aparece en la balanza.
Un estudio publicado en Radiology puso el foco en otro depósito mucho menos evidente: la grasa intermuscular que se infiltra entre los músculos paravertebrales. En más de 11.300 adultos sin enfermedades conocidas, esa señal detectada en resonancia magnética de cuerpo entero se asoció con un perfil metabólico claramente menos favorable.
El trabajo sugiere que una resonancia ya realizada por otros motivos podría ofrecer, además, pistas útiles sobre riesgo cardiometabólico oculto.
La grasa que no se ve
El análisis se hizo con datos de la cohorte alemana NAKO e incluyó a 11.348 participantes, con una mediana de edad de 43 años, estudiados en cinco centros con resonancia magnética de cuerpo entero.
Un algoritmo de deep learning cuantificó dos variables en los músculos que recorren la columna: la grasa intermuscular, conocida como IMAT, y la masa muscular magra o LMM.
Lo llamativo es que, aunque eran personas sin diagnósticos previos, los estudios clínicos y de laboratorio revelaron en muchos casos hipertensión, alteraciones del azúcar en sangre y perfiles lipídicos aterogénicos no detectados hasta entonces.
Cuando la composición muscular cuenta más que el peso
El hallazgo central no fue solo que hubiera más grasa entre los músculos, sino que esa grasa se asociara con más vulnerabilidad metabólica. Tras ajustar por edad, sexo, actividad física y centro, un aumento del IMAT se vinculó con mayores probabilidades de hipertensión, disglucemia y dislipidemia aterogénica en ambos sexos.
La asociación fue especialmente marcada para el perfil lipídico y para la presión arterial. En otras palabras, la resonancia no estaba mostrando solo anatomía: estaba reflejando un patrón corporal conectado con riesgo metabólico, incluso en personas aparentemente sanas.
El músculo magro también dijo algo importante
La otra cara del estudio fue la masa muscular magra. Una mayor cantidad de músculo funcional se asoció con un efecto protector frente a esos factores de riesgo, pero solo en hombres. Ese hallazgo abre una pregunta interesante: por qué el músculo parece “proteger” de forma distinta según el sexo.
Los autores plantean que podrían influir la distribución muscular, factores hormonales y diferencias metabólicas. También observaron que en las mujeres la masa muscular se mantuvo relativamente estable hasta los 40 o 50 años y luego cayó de forma más marcada, en una transición que coincide con la menopausia.
Más allá del IMC y de la medicina reactiva
El valor de este trabajo está en que desplaza la mirada desde indicadores simples, como el índice de masa corporal, hacia una caracterización más fina del cuerpo. Dos personas con el mismo peso pueden tener composiciones musculares muy distintas y, por lo tanto, perfiles de riesgo muy diferentes.
Según los investigadores, esta clase de análisis podría incorporarse de manera oportunista a resonancias que ya se realizan por otros motivos, sumando información sobre salud metabólica sin necesidad de un estudio extra.
Esa posibilidad resulta especialmente atractiva para detectar a quienes parecen sanos bajo criterios convencionales, pero ya muestran señales tempranas de vulnerabilidad.
El estudio no demuestra causalidad ni reemplaza los factores clásicos de riesgo, pero sí propone una idea potente: la composición muscular visible en resonancia podría convertirse en un biomarcador de riesgo cardiometabólico.
Para la radiología, eso amplía el valor de la imagen más allá del motivo original del examen. Para la medicina preventiva, abre la puerta a intervenir antes, cuando todavía no hay enfermedad diagnosticada pero el cuerpo ya empezó a cambiar. A veces, la historia del riesgo no está en el laboratorio ni en la balanza. Está escondida entre las fibras del músculo.
Para más detalles puede visitar Radiology.
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